Una reflexión atribuida al filósofo alemán Friedrich Nietzsche ha vuelto a circular en los debates sobre educación y polarización: “La forma más segura de corromper a un joven es enseñarle a tener en mayor estima a quienes piensan como él que a quienes piensan diferente”. La nota, publicada por El Comercio Perú el 20 de octubre de 2026, recuerda que la atribución exacta de la frase al autor de Así habló Zaratustra aún requiere verificación, pero el planteamiento abre una pregunta incómoda y oportuna.
La idea de fondo es simple y a la vez demoledora: cuando educamos a los jóvenes para que solo valoren al que coincide con ellos, no estamos formando ciudadanos libres, estamos fabricando fieles. Nietzsche, que dedicó buena parte de su obra a cuestionar la moral tradicional, la religión y las instituciones de su época, veía en el examen permanente de las propias creencias la condición de toda autonomía intelectual. Aceptar una idea como verdad absoluta sin someterla a discusión es, en su marco, una forma de sumisión.
Por qué esta idea incomoda en tiempos de polarización
Vivimos un momento en el que las redes sociales premian la confirmación y castigan la discrepancia. Los algoritmos construyen burbujas en las que el usuario rara vez encuentra a alguien que piense distinto, y cuando lo encuentra, el encuentro suele ser hostil. En ese entorno, la advertencia de Nietzsche funciona como un diagnóstico anticipado: la corrupción del juicio no llega a través de ideas malas, sino a través de la ausencia de contraste.
Para una sociedad que aspira a ser plural, el punto no es menor. El debate respetuoso no es un adorno decorativo de la democracia liberal; es su mecanismo de corrección de errores. Sin discrepancia no hay mercado de ideas, y sin mercado de ideas no hay forma de distinguir la propuesta sólida de la consigna. Como argumentamos en relación con la toma de decisiones racionales ante la incertidumbre, actuar con criterio exige procesar información que contradice lo que ya creemos.
La educación que Nietzsche pedía, y la que aún debemos construir
El filósofo alemán defendía el desarrollo de un criterio propio desde edad temprana. Eso no significa adoctrinar en el escepticismo, sino entrenar la capacidad de examinar. La diferencia entre ambas cosas es la diferencia entre formar y domesticar.
En términos de política pública, la lección es concreta. Un sistema educativo que premia la memorización de conclusiones en lugar del razonamiento produce adultos que confunden repetir con pensar. Un sistema que introduce a los estudiantes en el desacuerdo, que les exige defender una posición y luego sostener la contraria, produce ciudadanos capaces de dialogar con el adversario sin sentirlo como enemigo.
Aquí hay terreno pendiente en la región. La reforma del Estado pasa también por la reforma de la escuela: menos consignas, más argumentos; menos uniformidad, más exposición a la diversidad de ideas. Nietzsche, que desconfiaba de los rebaños tanto en política como en moral, habría reconocido en el aula que jamás discute el taller donde se fabrican los conformistas del futuro.
El otro pronóstico: Hitchcock y el espectador sin distancia
El Comercio Perú incluyó en su nota una curiosidad de archivo que dialoga, quizá sin quererlo, con el tema. En una entrevista con la CBC en 1964, el director Alfred Hitchcock imaginó el cine del año 3000: espectadores sometidos a una hipnosis colectiva que dejarían de identificarse con los personajes para convertirse en ellos, eligiendo qué papel interpretar al comprar la entrada.
“Veo la posibilidad de que, quizá en el año 3000 o algo así, la gente vaya a entretenerse, si es que para entonces seguimos necesitando el entretenimiento, y entre en un gran auditorio a oscuras donde se les someta a una hipnosis colectiva”, dijo Hitchcock, según recoge la nota citando a Fotogramas.
La ironía del cineasta, que sugería que esa tecnología permitiría prescindir de los actores, recuerda a Walt Disney bromeando sobre despedirlos si no cumplían sus expectativas. Pero hay algo más serio debajo del chiste: cuando el espectador se funde con el personaje, desaparece la distancia crítica. Y sin distancia crítica no hay juicio, solo experiencia. Es exactamente el riesgo que Nietzsche señalaba para la educación.
Preguntas frecuentes
¿Es segura la atribución de esta frase a Nietzsche?
No. El propio reporte de El Comercio Perú advierte que la atribución exacta de la reflexión al filósofo aún requiere verificación. La cita circula ampliamente en redes sociales y medios, pero no hay una fuente textual precisa que la respalde.
¿Qué defendía Nietzsche sobre la educación de los jóvenes?
Sostenía que las personas debían examinar sus creencias antes de aceptarlas como verdades absolutas, desarrollar un criterio propio y no confundir la comodidad ideológica con el conocimiento. Para él, educar en libertad implica mantener una actitud abierta ante ideas que contradicen las propias convicciones.
¿Qué relación tiene esta idea con la polarización actual?
Es directa. Los entornos digitales tienden a premiar la afinidad ideológica y penalizar la discrepancia, lo que reduce la exposición a opiniones diferentes. Ese mecanismo debilita el pensamiento crítico y convierte el desacuerdo en hostilidad, justo el escenario que la reflexión atribuida a Nietzsche buscaba evitar.
