En un contexto de creciente fragmentación política y social, el Simposio Internacional de Libertad Religiosa, celebrado en Lima los días 4 y 5 de agosto, ha puesto sobre la mesa una tesis que debería orientar el debate público: la democracia no exige que todos pensemos igual, pero sí que aprendamos a convivir con quien piensa distinto. La conclusión, lejos de ser un llamado genérico a la buena voluntad, plantea un desafío institucional concreto para las sociedades abiertas.
¿Por qué el deterioro del diálogo público es una amenaza para la democracia?
Gary B. Doxey, director asociado del International Center for Law and Religion Studies (ICLRS) de la Brigham Young University (BYU), advirtió sobre una tendencia preocupante: la conversión del adversario político en enemigo moral.