Ucrania acusó este miércoles 14 de octubre a Rusia de incumplir de forma deliberada la supuesta tregua energética anunciada por Donald Trump, tras una nueva oleada de bombardeos con misiles balísticos que dejó al menos siete civiles muertos y 600.000 personas sin electricidad en Kiev, según el balance oficial difundido por El Comercio Perú.
El presidente Volodímir Zelenski denunció en redes sociales una operación rusa dirigida específicamente contra infraestructuras eléctricas, precisamente las que supuestamente quedaban cubiertas por el alto el fuego proclamado el domingo por el mandatario estadounidense. La respuesta de Moscú fue inmediata: su Ministerio de Defensa confirmó haber atacado centrales térmicas en Kiev y Járkiv, alegando que servían al complejo militar-industrial ucraniano.
Una tregua que duró menos de una semana
Trump sorprendió el pasado domingo al anunciar que Rusia y Ucrania habían acordado cesar los ataques contra centrales eléctricas y refinerías. Cuatro días después, la realidad del terreno desmiente el anuncio. Un misil impactó la noche del martes contra una central termoeléctrica en Kiev sin que Ucrania recibiera alerta previa de sus aliados occidentales, algo inusual en un país que depende de la inteligencia militar estadounidense para detectar lanzamientos rusos.
El desmentido fue tan contundente como el ataque. Zelenski escribió en Facebook: “Ataque ruso con misil balístico contra Kiev. Una vez más, ningún aviso previo por parte de nuestros aliados”. La frase condensa el segundo frente de esta crisis: la creciente desconfianza entre Kiev y Washington.
¿Está Washington degradando su apoyo a Ucrania?
Un alto funcionario ucraniano dijo a la AFP que Estados Unidos estaría ayudando involuntaria o deliberadamente a Rusia al no compartir alertas sobre lanzamientos balísticos y al reducir la velocidad del servicio de internet satelital Starlink, esencial para las comunicaciones en el frente.
“Ya ha habido dos casos en los que los estadounidenses no proporcionaron alertas sobre lanzamientos balísticos rusos. Y además de eso han limitado las velocidades de Starlink”, afirmó el funcionario, cuya identidad no fue revelada.
Washington lo niega. Un funcionario estadounidense, bajo condición de anonimato, aseguró que “Estados Unidos no ha cambiado su política en materia de intercambio de información” con Ucrania. La portavoz de la Comisión Europea, Paula Pinho, añadió que Bruselas no tiene “indicios de que se haya suspendido el intercambio de información de inteligencia”. El Kremlin, prudente, dijo que sigue los hechos “de cerca” y que es demasiado pronto para sacar conclusiones.
El coste humano de la ruptura
Los números del miércoles son elocuentes. Cuatro muertos y 25 heridos en Kiev, otros dos civiles fallecidos en la región de Dnipropetrovsk y un tercero en Zaporiyia. Medio millón de personas en la capital ucraniana pasaron la noche sin electricidad, a las puertas de un invierno que Kiev ya advirtió que respondería con fuerza si Moscú no respetaba la tregua energética.
Zelenski elevó la crítica a un plano político: “Esta operación fue completamente deliberada y elocuente por su envergadura: nunca antes Rusia había mostrado un desprecio tan ostensioso hacia Estados Unidos”.
Populismo diplomático y sus límites
Para quien observa esta crisis desde una óptica liberal, el episodio ilustra los riesgos de anunciar acuerdos diplomáticos antes de verificar su contenido. Trump proclamó una tregua que Moscú nunca confirmó formalmente, y que su propio interlocutor ruso se apresuró a desmentir en los hechos. La diplomacia espectacular genera titulares; también genera víctimas cuando se confunde el anuncio con el compromiso.
El conflicto añadido entre Washington y Kiev agrava el cuadro. Trump arremetió contra Zelenski por los ataques ucranianos a refinerías rusas, que según él encarecen el combustible mundial, y el sábado llegó a sugerir que “es hora de que Ucrania tenga un nuevo presidente”. Que un jefe de Estado sugiera el recambio del líder de un país invadido es una interferencia difícil de encajar en el marco del derecho internacional que se pretende defender.
La credibilidad de las instituciones, dentro y fuera de las fronteras, es un activo que se erosiona rápido. Es la misma lección que cualquier democracia debería interiorizar, como argumentamos en relación con la
