La actriz británica Wunmi Mosaku, nominada al Oscar por Sinners (Pecadores) de Ryan Coogler, dijo en una entrevista publicada el 14 de octubre por RPP noticias que lo que realmente la asusta no es un vampiro de ficción sino la extracción irresponsable de recursos naturales en África. Su reflexión llega mientras promociona África: el hogar de la vida salvaje, la docuserie de National Geographic que narra y produce ejecutivamente, ya disponible en Disney+.
Mosaku estableció una analogía directa entre el vampirismo que retrata la película de Coogler y la relación que los países y las empresas mantienen con el continente africano. Su argumento es tan simple como incómodo: quien exprime los recursos de una región sin responsabilidad institucional ni compensación justa actúa como un depredador, y la vida silvestre termina pagando la factura.
La metáfora del vampiro aplicada a los recursos africanos
Consultada por RPP noticias sobre si le daba más miedo un vampiro o una hiena después de narrar la serie, Mosaku no dudó en su respuesta.
«Voy a decir que a un vampiro», respondió, antes de explicar el fondo de su preocupación: «Me da más miedo cómo estamos despojando y absorbiendo la 'sangre' de este continente que da tanto, afectando a la increíble vida silvestre que habita allí por no actuar con responsabilidad ni garantizar que vivamos todos en comunidad y armonía».
La actriz amplió la idea con una formulación que cualquier economista del desarrollo reconocería: «Siento que tenemos una energía muy 'vampírica' cuando se trata de los recursos que extraemos de África y de nuestro impacto en el continente».
El planteamiento toca un debate que en América Latina nos resulta familiar. La extracción de materias primas no es el problema en sí mismo; el problema es el marco institucional que la ordena. Cuando la propiedad está mal definida, cuando los contratos se negocian sin transparencia y cuando la renta no se reinvierte en las comunidades, el recurso natural deja de ser motor de desarrollo y se convierte en fuente de conflicto. África ofrece ejemplos abundantes de esta falla, desde el coltán congoleño hasta el petróleo del Delta del Níger, y la serie de National Geographic documenta sus consecuencias sobre los ecosistemas.
Narrar la naturaleza como si fuera un personaje
Mosaku, formada en la construcción física y emocional de personajes, describió un trabajo distinto en la docuserie. La narración exige menos cuerpo que un rodaje tradicional, pero no menos implicación.
«Un animal tiene carácter, tiene motivación, deseos y obstáculos en su camino; para mí, eso se siente muy humano. El impulso de una madre chita por proteger a sus crías y mantenerlas a salvo es el mismo que el mío para proteger a mis hijos», explicó.
El compromiso emocional llegó al punto de interrumpir la grabación. Durante la secuencia de una cría de elefante amenazada por hienas, la actriz confesó que no podía continuar narrando en el primer intento.
«Estaba tan metida en la historia que me detenía a rezar y a darle ánimos a la cría para que sobreviviera. Esa fue la secuencia en la que más me costó continuar con mi trabajo por el simple hecho de estar viéndola», relató.
También aportó criterio propio al guion: mientras veía las imágenes y escuchaba la música, proponía ajustes para reforzar el humor o la emoción de determinadas escenas. «Fue un proceso hermoso», resumió.
Tecnología al servicio de la educación ambiental
En plena discusión global sobre la inteligencia artificial y el exceso de pantallas, Mosaku adoptó una posición que conviene subrayar por su mesura. No rechaza la tecnología; defiende su uso con propósitos claros.
«Da gusto tomarse un descanso de la tecnología para observar el mundo natural», señaló, aunque destacó sus beneficios para «mostrarnos este mundo secreto al que antes no teníamos acceso».
Entre las imágenes que más la impresionaron figuran los primeros planos de una rana en la selva nocturna y las escenas de hipopótamos mientras otros animales les limpian los dientes. «Cuando la tecnología se usa para el bien, la educación y para fomentar la empatía y la conexión con el planeta, es cuando muestra su mejor versión», afirmó.
Es una lección aplicable a cualquier política pública de innovación: la herramienta importa menos que el marco de incentivos y los fines que la orientan. La misma cámara que documenta la vida silvestre puede servir para vigilar la tala ilegal o para monitorear la minería informal. La diferencia está en la gobernanza.
Un año personal y profesional singular
El momento vital de Mosaku acompaña su discurso. A la docuserie se sumaron el reconocimiento por Sinners, su primera nominación al Oscar y el nacimiento de su segundo hijo.
«¡Se siente tan hermoso! No tenía idea de que mis 40 años me traerían tanta dulzura», comentó. «El nacimiento de mi hijo es la cereza del pastel, y ver a mi hija mayor aceptarlo con el corazón abierto ha sido la experiencia más hermosa del año».
La actriz fue más allá de los logros profesionales: «Todo lo demás en mi carrera ha sido increíblemente divertido y maravilloso, pero esto ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida».
Cerrada la entrevista, RPP noticias le pidió una sola palabra para describir el espíritu de la serie. Su respuesta fue «imponente», aclarando que debía entenderse «en el sentido literal», como expresión de asombro profundo.
¿Por qué importa esta serie para el debate público?
África: el hogar de la vida salvaje documenta los esfuerzos de científicos, conservacionistas y comunidades locales por proteger especies y paisajes. Ese enfoque coincide con una visión liberal de la conservación: la protección ambiental funciona mejor cuando involucra a quienes viven junto al recurso, cuando crea incentivos compatibles con su cuidado y cuando descansa en instituciones creíbles y no en discursos.
El mensaje de fondo de Mosaku apunta en esa dirección. La amenaza contra la vida silvestre africana no es una hiena ni un vampiro de Hollywood; es la ausencia de responsabilidad en la manera en que extraemos lo que el continente ofrece. La serie ya está disponible en Disney+ para quien quiera comprobarlo.
